
Estuvimos una semana con ella en Madrid y nos dio la entrevista más personal de su vida. Shakira abrió su corazón durante dos horas y media, y habló de lo que nunca antes había revelado.
El encuentro fue una sucesión de carcajadas, entre las que nuestra artista más internacional, una de las más grandes del firmamento mundial, nos dejó comprobar que es una mujer sin máscaras. Shakira abrió su corazón durante dos horas y media, y habló de lo que nunca antes había revelado. Un voto de confianza para los lectores de elenco, en su primera portada. Una conversación en una tarde veraniega de Madrid, acabando de aterrizar de Las Bahamas, mientras preparaba su concierto de Rock in Rio y antes de salir para Londres, donde seguirá grabando el disco que lanzará el año que viene.
Toc, toc... suave, así se escuchó, y al otro lado, al abrir la puerta, la sonrisa ingenua, los ojos expresivos y una cara iluminada, brillantísima, con la luz de los que viven en medio del éxito.
Era la misma Shakira, aquella a la que había tratado de llegar durante tres meses, por la que había tenido que asistir a tres reuniones previas con sus más cercanos, por la que ya se habían hecho una y mil llamadas en el afán de coordinar su agenda y por la que el equipo de elenco había cruzado el océano. Primero la cita era en Las Bahamas, donde estaba encerrada componiendo su nuevo disco, luego se habló de Miami y finalmente volamos a Madrid. "Te recibe allá porque tendrá más tiempo para la charla", dijo Rodrigo Beltrán, su contacto en Colombia. "Y porque estará más tranquila, justo antes de participar en Rock in Rio -el mismo día que Amy Winehouse y Jamiroquai actuarían-", me reconfirmó su cuñado, Aito de la Rúa, el encargado de la prensa en todos los países de habla hispana.
Y en la habitación 723 del hotel Puerta de América, con el sol de un verano intenso metiéndose por la ventana, la melena rizada y amarilla de la barranquillera resaltaba sobre el blanco purísimo del cuarto circular.
Despojada de cualquier atributo de fastidiosa celebridad, pero sin perder ese extraño brillo que nos recordaba que se trataba de una grande, Shakira aceptó meterse en la ducha para posar: "¿Allí?". "Sí -respondió Humberto Quevedo-, es que esto nos funciona como una perfecta caja de luz".
Y así fue. Permitiendo el juego cómplice que invadió el ambiente, la cantante se fue relajando y coqueteó con su pelo. Más tarde, sobre el sofá negro y de formas redondeadas, Shakira fue picando trozos de mango y piña para evadir el hambre. Eran las cuatro de la tarde y aún no pasaba bocado. Ya estábamos solos. Antonio, su amor, y Gaby, su asistente argentina, se habían ido.
Y '¡crash!', la copa de agua se fue contra el piso: "Eso es buena suerte", añadió mientras se quitó los zapatos y se acomodó como si estuviera en una charla con esos viejos amigos de sus primeros años. "Yo también me los quito", dije, y tras mirarla largamente le apunté con la grabadora.
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